¿Cuántos de nosotros nos hemos dado por vencidos cuando nos enfrentamos con el más mínimo obstáculo? ¿Cuántas veces hemos percibido un pequeño inconveniente y en vez de enfrentarnos con él le damos la espalda y caminamos hacia el otro lado? ¿Cuántas veces he deseado lograr mis metas pero el trabajo requerido es muy inconveniente?

Cuando me di cuenta que una de mis mejores amigas de la universidad sufría de una condición médica, me sorprendí. Al verla trabajar y estudiar, al verla interactuar, nunca me pude imaginar por lo que estaba pasando.

Ella nunca quiso decirle a nadie, es más, a mí no me dijo nada hasta que sufrió una convulsión enfrente de mí  y tuve que preguntar. Estábamos en un pueblo retirado, haciendo unas prácticas de psicología escolar en un cantón al que habíamos llegado en un bus que apenas subía la cuesta. Tuvimos que caminar bastante, hacía calor y habíamos pasado mucho tiempo bajo el sol. Recuerdo que cuando ya nos íbamos, estábamos todos subiendo al autobús, cuando nos dimos cuenta que nos hacía falta una amiga. No le dijo a nadie, se sentó en la calle, a la par de un montón de basura y trató de respirar. El catedrático pasó a la par suya y no le importó, todos la estaban viendo, ella lloraba porque no quería que nadie supiera que se sentía mal. Había sufrido una convulsión.

“¿Qué le pasa?” Pregunté.

“Mejor que ella te lo diga porque no le gusta que nadie sepa.” Me respondieron.

Al fin, semanas después, tuve la oportunidad de hablar con ella y años después, para esta entrada, le pedí que me repitiera lo que me había comentado:

“Me di cuenta en el 2010. Me empecé a sentir mal, estaba en el colegio y empecé a tener visión borrosa, me mareaba, veía negro y me desorientaba.

Al principio me dijeron (antes de esto ya había sido diagnosticada con hipertiroidismo), que podía ser falta de yodo. Así me mantuvieron casi por dos años. Estaba entre noveno, primer y segundo año de bachillerato. En 2º año cuando empezó mas el estrés (hubo más actividad en el colegio, shows de promoción, actividades), los síntomas se presentaban aún más, pero así seguí hasta que me gradué del colegio.

No sabía que estudiar, en mi casa había problemas económicos y decidimos que empezaría la universidad hasta el siguiente ciclo. Me iba a tomar el tiempo para estudiar inglés.

Llegué a los 18 años y en el hospital Bloom ya no me atendieron. Había logrado mantenerme ahí gracias a una nueva ley que permitía que ciertas especialidades atendieran pacientes hasta los 18 años, pues antes solo aceptaban pacientes hasta los 15, por ser un hospital de niños.

En fin, cuando cumplí 18 años, me refirieron a otro hospital. El nuevo doctor me hizo más exámenes, él no entendía por qué no me los habían hecho antes. Me hice el TAC, resultó que tenía un quiste aracnoideo en el cerebro. Este quiste resultó ser benigno y se determinó que podía vivir con él, sin embargo, afectaba ciertas partes de mi cuerpo como la visión, en la cual tengo un alto grado de aumento y debo usar lentes.

Tenía dolores de cabeza. Ya no era solo el quiste, si no convulsiones en las que no caía al suelo, si no, me quedaba como con lagunas mentales: El cerebro se queda como en una pausa y solo logro ver negro. De momento nunca me han dicho cómo este quiste se formo: pude haber nacido con él y tuvo más efecto con el estrés de la adolescencia o me pude haber dado un golpe, pero hasta ahora no me han dado una causa.

Tomaba medicamentos que me dormían 8 horas y cada 8 horas tenía que tomarme el medicamento. Asistía a clases de inglés, tomaba pastillas y me dormía, me despertaba a almorzar, a tomarme la pastilla y a seguir dormida. 6 meses, un ciclo entero estuve así.

Era frustrante para mí estar en mi casa sin hacer nada, yo quería estudiar algo. Tuve una compañera que estudiaba psicología y me dijo que le gustaba bastante. Me metí en el ciclo 2 y podía llevar materias con las personas que habían entrado en ciclo 1, entonces no me atrasaba nada.

Fue un shock  llegar a una universidad adonde no conocía la metodología y darme cuenta que mis notas eran sumamente bajas en materias que eran sumamente fáciles. Esto me causaba más estrés y por mi problema de tiroides, se me caía el pelo, me afectaba la postura, las emociones etc., Todo está conectado y es una enfermedad que voy a tener toda la vida,  la dosis de los medicamentos no funcionan igual todos los meses y por eso cada 3 meses debo estar en chequeo para ver si los medicamentos me están funcionando. En el país no te dan la cita cada 3 meses, te queda cada 7, cada 6 o al año. Empecé mi segundo año de la universidad después de haber tenido todos los problemas, pase como pude las materias, dándome duro contra la pared.

En segundo año siempre seguía con un grupo de compañeras en las que sentía que podía confiar. Mis notas se elevaron, mi cum de 6 se elevó, estudié más. Mis medicinas me ponían en estado medio zombi. Me hacían daño en otras partes de mi cuerpo, particularmente en el estomago.

Dolores de cabeza seguían presentándose y no me dejaban ir a u, pedía los apuntes de alguien más. Me empezaron a dar pastillas para el dolor de cabeza que hacían contraste con otras, entonces me sentía peor, desconectada de la realidad. Por esto, no estaba atenta y salía mal. No porque no estudiara si no porque me daban ataques de ansiedad tan grandes, que prefería levantarme y no contestar los parciales. Era más grande mi necesidad de levantarme que contestar un examen. Me pasó en muchas materias. Nunca me volvieron a hacer un examen porque no me gustaba que mis catedráticos supieran. Hasta una vez que tuve una materia en la tarde, un instructor se me acerco y me pregunto si estaba bien y fue esa persona que me escucho y le comenté mi situación médica y él me ayudo a ponerme al día.

Pasé la metería y todo y sentí que el hecho de que alguien me escuchara y el hecho de que estaba estudiando algo que era de ayudar a la gente, sentía que me podían entender. Hubieron catedráticos que lo tomaban como: “Esta niña lo dice por si no quiere presentar un trabajo y no quiere venir”, pero yo siempre presentaba todos los trabajos y solo dejaba de presentarme si tenía consulta médica, porque si no iba me quedaba meses sin saber si mis medicamentos funcionaban.

En tercer año era más difícil porque eran materias más pesadas: Proyectivas, Anormal, etc. En el segundo ciclo de tercer año fue el peor que he tenido. La mayor carga significaba más estrés y eso significaba más dolores de cabeza que no decía que tenía porque no quería preocupar a mis amigas o a mis papas y prefería guardarme todo.

Caminaba por inercia y aparentaba estar feliz cuando no lo estaba. Encontré a mis amigas y a una en particular que se tomaba el tiempo para ayudarme.

No supe llevar la carga académica, no fue porque no quisiera ponerle el empeño, si no que no sabía cómo manejar mi estrés. Ese es uno de mis problemas más grandes, que no se manejar el estrés cuando me han pedido que no me estrese.

Una de las cosas que me ha dicho mi neurólogo es: “No estés muy feliz o no estés muy triste”, y le contesto: “Cómo no quiere que este feliz o triste si soy un ser humano. No puedo limitar mis sentimientos o emociones.” Sentí que era algo bien tonto que un doctor me dijera no te pongas feliz o triste cuando eso me iba a convertir en un robot.

Deje 3 materias. Mis papás solo saben que dejé una. En primer año deje una y porque tenía la opción de llevarla en inter ciclo lo hice, y nunca se dieron cuenta. Haber dejado la materia me hizo cambiar la percepción de como tenía que estudiar. Yo en el colegio dejaba 5 o 6 materias y no me importaba porque sabía que me iban a pagar los exámenes de reposición. Llegar a la universidad y saber que era la vida real, y ser profesional, me hizo asentar cabeza.

Al final deje tres materias cuando mis papás piensan que dejé una. Y la segunda la dejé porque se me borró el trabajo.

Tenía que entregar dos trabajos finales el mismo día. Se me había borrado uno y como tenía mucho del trabajo a mano llegué adonde el profesor y él volteó a ver a la instructora, le pregunto: “Le creemos?” Ella respondió que sí y me fui a mi casa a volver a hacer el trabajo de proyectivas que era larguísimo.

Pasé casi 36 horas sin dormir y mientras lo hacía, mandé el trabajo de la otra materia con una amiga, pero los anexos me hicieron falta. La instructora inmediatamente me puso cero y aunque esa materia la había llevado con buenas notas la dejé. No me dejó entregar una pequeña parte de mi trabajo aunque todo lo demás iba completo y después me enteré que a otras personas les había dejado entregar el trabajo el siguiente día por motivos bien tontos. Es prohibido en la universidad poner cero en un trabajo presentado, aunque este no vaya completo. Aún así hubo gente que lo entregó tarde y si le pusieron nota completa.

Después de haberme estado tomando cosas que no debía como bebidas energizantes que no debía tomar, me sentía súper mal. Todavía siento un poco de rencor al ver a esta instructora, ella todavía era estudiante y no entiendo porqué a mi no me quiso ayudar y a otros sí.

Ahora me va súper bien, tengo mi cum en 8. Me costó subirlo pero lo logré. En las prácticas que fue lo último, me fue súper bien. Ahorita estoy haciendo mi monografía en la que voy bastante bien, tengo una muy buena asesora y ahora tengo el apoyo de mis amigas.

Además, haber llegado a terminar mi proceso psicoterapéutico en el cual tuve que aprender a aceptar mi enfermedad (que aún me cuesta porque es bien cambiante y cansa mucho), me ha ayudado muchísimo.

En unas prácticas en el hospital Bloom, una catedrática me pregunto si me sentía capaz de llevar pacientes en un hospital porque yo también tenía enfermedades. No podía creer que me preguntaran eso si yo siempre daba el ancho, siempre hacía todo y sólo le tuve que decir porque tuve que faltar a clases para ir a consulta o a hacerme exámenes y me ofendió que me preguntara eso, aunque yo se que ese no fue su propósito.

Nivelarme para poder graduarme con mis amigas se me hizo difícil porque aunque mi cum me permitía llevar más materias y ponerme al día, el decano me dijo que yo no iba a ser capaz de hacerlo. Al final tal vez no hubiera podido con la carga, pero me dijo: “Yo no la considero capaz.” Me dicen que yo no soy capaz cuando ya les había demostrado que si lo podía hacer, que sí podía salir bien. Sé que nunca voy a salir excelente porque me distraigo y porque prefiero hacer un examen oral que escrito.

Me estaban poniendo una etiqueta como una persona inútil o que no tiene la capacidad para hacerlo. Mis papás no querían que lo hiciera pero yo quería nivelarme. Fue feo, tener que mentirles a mis papas y a mis hermanos para poder sacar las 6 materias y las saque con 8 y 9 de promedio.

Cuando me quedé atrás y tuve otro grupo de compañeros siempre me hacían burla y me ponían apodos, me pusieron “la multisíntomas” y yo lo agarraba a chiste porque después de haber llevado mi proceso psicológico y aprender a aceptarme tal como soy, ya me sentía más cómoda con esto.

Empecé a trabajar en una empresa pero no me permitieron continuar y no sé porqué. Siento que puede ser por mi historial médico, pero esto se me va a presentar en mil trabajos más por eso quisiera poner mi clínica por mí sola o con mis amigas. En algún punto lo vamos a lograr y no porque tenga una enfermedad esto me va a impedir hacerlo.

Muchas veces personas que no tienen brazos son capaces de tocar un cello o una guitarra y no porque yo tenga una enfermedad significa que me tengo que limitar. Lo mío no es una deficiencia cognitiva o física y si yo no lo cuento nadie se entera. Soy capaz de terminar mi monografía (cuando me dijeron que nunca lo iba a poder lograr) y siento que voy bien, y si no pues por eso existe el ensayo y el error, no importa lo que sufra, lo que tenga o no, la vida es ensayo y error y eso es todo.

Estoy segura que a todos nos cuesta lograr nuestras metas (a algunos más que otros) pero darnos por vencidos no es opción. Cómo decía mi compañera, “La vida es ensayo y error y eso es todo”.

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